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¡CUIDADO QUE VIENE EL JABALÍ!

Con el jabalí, ocurre algo parecido a lo que ocurre, según el refrán, con Santa Bárbara… nos acordamos de ella cuando truena (y de ellos cuando provocan un accidente). Son muchas las vertientes de la problemática de esta especie y no siempre alcanzamos a tener una visión de conjunto y mucho menos a actuar ante este problema con esa misma visión. El cortoplacismo impera en las decisiones, y lo urgente no deja lugar a lo importante.

Exceso de población. La pérdida de depredadores, como el lobo (que actúa, sobre todo, sobre los individuos débiles, enfermos o los más jóvenes), y una actitud corta de miras por parte de las autoridades y no pocos ganaderos hábilmente conducidos por algunas organizaciones agrarias… han desembocado en medidas o acciones que, lejos de controlar, contribuyen al exceso de población de la especie.

Humanización de la vida salvaje. Las noticias en las redes sociales favorecen actitudes irresponsables de una parte de la población, que interactúan con esta especie, al igual que lo pueden hacer con un delfín, una gaviota, un zorro o cualquier otra especie salvaje. Alimentar o interactuar de cualquier otra forma con especies salvajes, es uno de los peores errores que se pueden cometer.

Accidentalidad. La mayor parte de los accidentes de tráfico por atropello de jabalíes se producen en época de caza y en los mismos días o en los inmediatamente posteriores a la celebración en la zona de una batida, gancho o montería (estudio AXA). La movilización y desplazamientos de animales salvajes son muy superiores en periodo cinegético (ahora ya casi 10 meses al año), y cuando estos se encuentran con vías de comunicación, el riesgo se torna extremo y las consecuencias fatales en muchos casos.

La irresponsabilidad de los gestores de infraestructuras. La actitud de los gestores de las autovías y autopistas es de una clara irresponsabilidad. Como ocurre con las especies invasoras, las concesionarias son los primeros y principales responsables de un desastre medioambiental y de una responsabilidad penal. Galicia, y en general España, se sitúan a la cola de la de la construcción de pasos de fauna (los elevados, porque los subterráneos se han demostrado no servir para nada, dado que buena parte de las especies lo rehúyen… solo hay que ver alguno de las decenas de vídeos que circulan con animales evitando los pasos subterráneos de las autopistas, por el ruido de sus propias pezuñas sobre el cemento o sobre esos horrendos tubos metálicos, hace que esos supuestos pasos de fauna sean inútiles). Infraestructuras como la AP-9 son el “mejor peor ejemplo”: hay más de dos docenas de puntos críticos, en los cuales la existencia de un paso elevado de fauna, debidamente aislado visualmente y acondicionado con elementos vegetales, facilitarían el tránsito a ambos lados de la autopista de especies salvajes. El doble vallado, con áreas de escape hacia el exterior, brilla por su ausencia, incluso en las zonas de alto riesgo, como en los que se han detectado múltiples accidentes o avistamientos de jabalí dentro de la propia autopista. Esto es especialmente grave en el caso de la AP-9, en los ayuntamientos que rodean la ciudad de A Coruña, pero también en autovías como la Lalín – Ourense y otros muchos de la comunidad.

¿Y las vías convencionales? Los accidentes en vías de alta capacidad simplemente ocupan más espacio en los periódicos, pero no son ni mucho menos el principal problema. La accidentalidad en las carreteras autonómicas y provinciales con resultado fatal, ya sea por muerte o consecuencias incapacitantes para los conductores, multiplica varias veces a la de las grandes vías de comunicación terrestre. Pero la solución, en este caso, no es poner puertas al campo. Ahora que la DGT dice que tiene sistemas que ayudan a reducir los siniestros, estaría bien recordarles que las grandes rectas de comarcas del interior como la de Terra Chá, o alguna de las grandes rectas que comunican Fisterra con Santiago de Compostela, son escenario habitual de irrupción de animales salvajes y de atropellos o salidas de vía por “volantazos” con consecuencias mortales. Circular durante la noche por estos viales, huérfanos de patrullas de tráfico y de vigilancia con radares, que sí abundan durante el día… sirve para comprobar las altísimas velocidades que se registran en este tipo de vías. Un factor curiosamente silenciado en casi todos los análisis sobre la cuestión.

Resultó casi enternecedor escuchar días atrás como algunos reducían todo el problema del jabalí: al cambio de uso agrarios, al abandono de poblaciones rurales y al cambio climático… o como algunas organizaciones agrarias persisten en presentar el enésimo “plan piloto” (para el que piden dinero público), para el control de poblaciones de jabalí. La falta de prevención ante la accidentalidad es un vector escasamente valorado, en muchos casos con resultado de muerte. Frente a esto, todas las propuestas de las administraciones competentes y de alguno de los colectivos afectados se centran en respuestas cortoplacistas.

La caza demagógica. Favorecida por los intereses de una pequeña parte del colectivo de cazadores, la caza se ha presentado (sobre todo por la administración autonómica) como el único medio eficaz para afrontar los problemas generados por el jabalí. Ocurre que, al contrario que los depredadores naturales, el cazador no actúa con criterios sostenibles. La práctica de la caza ha afectado especialmente a madres reproductoras, por lo tanto, a líderes de piaras, manadas o como le quieran llamar. Su muerte trae como consecuencia la fertilidad de otras hembras del grupo y, por lo tanto, la generación de nuevas poblaciones muy superiores a las existentes anteriormente a la muerte de la líder del grupo. Miles de jabalíes muertos después… las poblaciones no sólo no se han reducido, se han incrementado notablemente en una dinámica que no parece tener fin. Por estas cosas de las leyes de la naturaleza que los humanos nos empeñamos en despreciar, esos mismos núcleos de población sobre los que se ha “actuado”, son ahora mucho mayores y generadores de nuevos grupos y nuevas hembras reproductoras, liderando nuevos grupos y ocupando nuevos territorios o dividiendo los existentes.

La irresponsabilidad de la administración. Ya se sabe que el chivo expiatorio es el mejor amigo del político. Ante la situación, las administraciones públicas han hecho muy poco más allá de declarar emergencia cinegética el 85 % del territorio. Una medida que no ha conseguido absolutamente nada en términos de reducción de poblaciones, a pesar del incremento exponencial de capturas durante los últimos años tal y como reconoce la propia Xunta de Galicia en su página web. Los grupos de jabalíes crecen a un ritmo muy superior a las capturas realizadas mediante la caza, una actividad que no se sostiene salvo que de lo que se trate sea: que la Xunta autorice la caza “a caño libre”, para tener contento a un colectivo y dar la impresión de que “se hace algo” para controlar las poblaciones de jabalí y, sobre todo, las consecuencias. Por el contrario, como ocurre también con las especies invasoras, no se destinan recursos a evitar su expansión, pero se da la impresión de estar haciendo algo con declaraciones tan rimbombantes como la de la “emergencia cinegética”. Una irresponsabilidad compartida por algunas organizaciones agrarias, trufadas de intereses en relación con una parte del colectivo de cazadores y el enorme negocio e intereses que se mueven alrededor de las batidas y las rehalas, que mueven un negocio millonario del otoño a la primavera.

La improvisación no es la solución. Cada vez que se producen accidentes asistimos a un proceso de infoxicación: ahora resulta que la DGT tiene en sus manos soluciones milagrosas. Nos cuentan que existe ya la tecnología para evitar los accidentes, etc. El problema es, como ocurre también con las especies invasoras o los incendios, la falta de prevención. Esa falta de prevención se hace evidente en la falta de un marco normativo, que permita abordar la problemática desde todos los puntos de vista y desde todas las responsabilidades… y la primera y fundamental es la adaptación de las vías de comunicación a una realidad generada por las propias decisiones de las administraciones públicas.

Pero solo recuperar el equilibrio y la biodiversidad pondrán coto a situaciones descontroladas como la que vivimos. Sin embargo, para eso hay que dejar el cortoplacismo y los intereses a un lado. Es más necesario que nunca la existencia de un plan de gestión de la especie, en el cual intervengan técnicos y científicos, y no sólo políticos y cazadores (como hasta ahora). La existencia de un plan de gestión de la especie, planificado y que incorpore a la ciencia y tenga en cuenta factores como la accidentalidad acotará el problema en el presente y sentará las bases para abordar con éxito su futuro.

“¡Que viene el lobo!” es una frase de la fábula griega de Esopo, “El pastor mentiroso” o “Pedro y el lobo”, con la que su protagonista se reía de sus vecinos, hasta que estos dejaron de hacerle caso. El problema es que ahora el lobo no va a venir a ayudar en una “lucha”, en la que la naturaleza es el vector más débil. Quizá sólo los sistemas de captura mediante jaulas y provisionalmente otros que, de forma local, puedan espantar a pequeñas poblaciones (a los que estas acaban acostumbrándose), son sistemas que pueden tener alguna utilidad. Pero lo que urge es un plan de gestión de la especie, en el cual intervengan técnicos y científicos (no como hasta ahora).

Benito García

Asociación Galicia Ambiental

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